Punto Final, Nº817 – Desde el 14 al 27 de noviembre de 2014.
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Una causa justa


Cualquier proceso de construcción de una alternativa al neoliberalismo pasa porque la Izquierda asuma la responsabilidad de haber traído las cosas a un punto tal, que el sistema haga denodados esfuerzos por salir del atolladero en que está.
El perfil de una causa justa, capaz de seducir a millones detrás de una consigna, aún no se ve ni por asomo. No será por falta de razones. Este país va a horcajadas en el despeñadero neoliberal dejando a su paso un reguero de millonarios inútiles, de poderosos egoístas y avaros, enfermos de riqueza, trastornados de fortunas que después de todo no sirven sino para generar más desgracias y sufrimientos.
Una causa, lo mismo que un cauce, está definida por dos orillas necesarias y contradictorias. Y, si se quiere, la contradicción fundamental de este tiempo es si se está con los poderosos y sus secuelas o a favor de un país en donde sea fácil y agradable vivir. Quizás la decencia se comporte como una consigna viable y revolucionaria.
Buscar la causa justa que logre poner en peligro lo que parece inamovible por razones celestiales, implica desatar el nudo de lo que se considera normal y que se ajusta a la perfección en un sistema en que la gente pisoteada vive de lo más bien. Y, por lo mismo, desnudar en su intimidad inmoral la estafa mayúscula de este tiempo, que se ha instalado como una verdad inmodificable en el sentido común de los habitantes; que las cosas no pueden sino ser como se ven, pasa a ser una postura subversiva.
Los políticos en el poder han construido una época sobre la base de mentiras, promesas falsas, impunidad y sobre todo, abusando de la enorme incapacidad de la Izquierda por levantar una consigna habiendo tanto como para construirla. La Izquierda ha querido parchar las cosas en vez de hacer nuevas, ha insistido en caminos probados como fracasados, ha intentado remedar a los poderosos en formatos y cartelitos, pero no ha podido levantar algo original. Ni siquiera una copia de alguna experiencia provechosa.
Vale la pena preguntarse por qué los estudiantes trajeron las cosas hasta aquí y no dieron la segunda puntada, el siguiente paso. Y como se ha probado, esa causa, en donde sí funcionaron consignas seductoras, fue secuestrada por el sistema y se la llevaron a su guarida del Congreso para despostarla y finalmente dejarla en nada.
Da la impresión que para anclar una idea de Izquierda es preciso, como paso previo y necesario, levantar o refundar un partido. Como si no se pudiera dar un paso en política sin comisiones políticas o comités centrales o, peor aún, como si fuera obligación hacerse cargo de decenios de derrotas. O peor aún, de fracasos. O peor aún, de rendiciones incondicionales.
Y sin embargo, las armas más eficaces para disputar el poder a los que han hecho de este país un país miserable están a la mano. Un pueblo movilizado, seducido por la idea de expulsar a los sinvergüenzas que mandan en todo, imaginando un país decente que ya es una propuesta suficientemente revolucionaria, haría temblar a los adictos al poder y la riqueza.
Las elecciones han sido mecanismos maleados por los poderosos para perpetuar una cultura miserable, ladrona, indigna e inhumana, pero mientras no se invente algo mejor, son una herramienta que puede disputarles sus, en apariencia, inexpugnables sitiales.
Las armas para combatir y vencer hoy son los votos, a condición que sea un pueblo movilizado el que vote no solo para hacer patente su rabia o su frustración, sino que además congregue, convenza y seduzca mediante una idea potente.
Tratándose de avances efectivos que han logrado tocar al sistema, quienes más han contribuido han sido los estudiantes al extremo de que lo que hoy copa la agenda del sistema político son los temas impuestos a partir de 2005. Y esa enorme fuerza desplegada, que contó con los mayores respaldos ciudadanos de que se tenga memoria, es la única que podría cuajar en una idea seductora, en una causa justa, capaz de sacar de sus poltronas a todos a quienes han abusado de un sistema ilegítimo. Y que no quede ninguno.

Ricardo Candia Cares

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 817, 14 de noviembre, 2014)


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