Punto Final, Nº817 – Desde el 14 al 27 de noviembre de 2014.
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Un libro sobre Agustín Edwards, El Mercurio y su relación con los gobiernos de la Concertación aparece en estos días: Agustín Edwards Eastman, biografía desclasificada del dueño de El Mercurio, de Víctor Herrero Aguayo, publicado por editorial Debate. Es un texto que tal vez no modifique la percepción que puede tenerse de Edwards, sin embargo, vuelve a opacar la imagen creada por la Concertación durante sus dos décadas. La relación entre el conglomerado político y este poderoso periódico es una expresión bastante fiel de los vínculos tejidos entre el sistema político y el poder económico durante los años de la transición. El Mercurio ha sido canal y caja de resonancia de aquellas intimidades. Lo peor de ambos lados ha sido titular y portada durante dos largas décadas.
Cuando la Concertación se entrega de rodillas al gran poder corporativo, cosa que sucede en los albores de la transición, el acto queda expresado fielmente a través de El Mercurio. Que la Concertación sólo atendiera a los gestos y reclamos de este medio, era simplemente una señal de los tiempos: Edwards como la quintaesencia de la oligarquía reconvertida desde aquellos años bajo la ortodoxia neoliberal, y la Concertación, por sí misma, felizmente reciclada en ujieres, bedeles y otros administrativos y conserjes de los negocios de la gran patronal.
Víctor Herrero recuerda ciertos pasajes que demuestran el peso de la mitología en nuestra historia y política. Edwards hablando de democracia, o de sintonizador de la opinión pública. Es así como rescata el discurso de Agustín Edwards para el centenario de su diario, una cena de gala que contó, subraya el autor, con todos los más altos representantes de los poderes del Estado. Algo así, destaca, nunca se había visto, y tal vez nunca más se vea. El Estado rindiendo tributo a un oligarca golpista.
La declaraciones del dueño del diario llegaron demasiado lejos. En la ficción, en la mentira, en el olvido. Debieran provocar más que vergüenza en aquella audiencia. Porque decir y escuchar que “El Mercurio se halla sintonizado con la opinión pública y con sus ideas permanentes”, o que “el diario interpreta a la sociedad, no la ‘pautea’, no la presiona, ni le impone ideas ni decisiones…” es más una provocación que una afirmación.
Hoy, poco más de una década más tarde, cuando la Concertación mutada en Nueva Mayoría intenta hacer algunas reformas reclamadas por la ciudadanía, El Mercurio se ha elevado, nuevamente, como muro de contención, pauteando la agenda, presionando, imponiendo ideas y decisiones. No pocos observadores, de Izquierda y también de derecha, observan y relacionan la actual realidad mediatizada por el diario de Agustín con aquella creada durante los años de la Unidad Popular. Una vieja pauta de prensa parece haber echado otra vez a correr.
El Mercurio es un diario de trinchera, un diario ideológico. Su portada diaria no tiene desperdicio, ya sea para el elogio de lo establecido y el repudio a los cambios. Es política y activismo conservador de punta a cabo. Es tradición sediciosa y golpista. Si hoy las portadas buscan crear un clima de creciente tensión política, hace más de cuarenta años no era diferente.
Un análisis del contenido de las portadas de este diario entre octubre de 1971 y marzo de 1972, citado por Joan Garcés en Allende y la experiencia chilena (Editorial siglo XXI), detectó 111 artículos destinados a crear la imagen de desorden económico y social y 66 a glosar actuaciones de la extrema izquierda que permitieran mostrar al gobierno como desbordado por su base. Otra serie de artículos destacados en las portadas buscaban crear la idea de atentados a la legalidad por parte del gobierno, manifestaciones de desorden público y, más tarde, se inventó una “infiltración comunista” en las fuerzas armadas.
El Mercurio sin embargo fue lavado de manchas y certificado por los gobiernos de la Concertación. Pese a éste y aún más extenso e histórico prontuario, el diario fue erigido por los gobernantes de la transición como si se tratara del único medio. A poco andar, el mercado, ayudado por las políticas comunicacionales de aquel conglomerado, dio origen al duopolio de diarios impresos, un monopolio o cartel ideológico.
El relato de Víctor Herrero nos confirma que la Concertación jamás gobernó. Fue un mero administrador de los capitales de la vieja oligarquía.

Paul Walder

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 817, 14 de noviembre, 2014)

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