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Editorial 867

Defender a Venezuela

 

Venezuela necesita la solidaridad de los pueblos de América Latina y el Caribe. La misma solidaridad que ese país ha brindado al continente movido por su vocación bolivariana. La Venezuela de Bolívar y Chávez afronta una difícil situación. En gran medida es resultado de la ofensiva del imperio a través de variadas formas de sabotaje que configuran una “guerra económica”. Se ha comparado, con razón, las dificultades de Venezuela con las que sufrió Chile en los años 70. Al gobierno del presidente Nicolás Maduro están aplicándole las mismas medidas abiertas y clandestinas que desataron la tragedia en Chile. 
La conspiración contra la revolución bolivariana encontró un aliado muy importante: el desplome del precio del petróleo. La exportación del crudo es la principal fuente de ingresos del país con lo cual compra casi todos los alimentos que consume, las medicinas que necesitan sus enfermos, etc. Venezuela es muy vulnerable por la dependencia de su economía del exterior y el retraso centenario de su agricultura. La crisis ha generado escasez, mercado negro, corrupción, fuga de capitales, contrabando, inflación, burocracia, delincuencia y por cierto, desesperación en las capas populares más afectadas. Asimismo, en el marco de una delicada situación económica y social que sobreexige las capacidades de las autoridades, el gobierno ha cometido errores que obligaron a echar marcha atrás en medidas que por su improvisación resultaron contraproducentes.
La oposición que controla la Asamblea Nacional no se ha dado respiro en sus intentos por desestabilizar al gobierno. Uno de los más recientes fue el fallido intento de iniciar un juicio político para destituir al presidente Maduro. Esta burda copia de los “golpes blandos” de Paraguay y Brasil, en Venezuela no tiene lugar en la Constitución Bolivariana. Fracasados todos los intentos de sesgo golpista, la oposición viene eludiendo el diálogo al que ha llamado el gobierno con respaldo del Vaticano y de otros respetables mediadores. Todo parece indicar que Washington -que ha estigmatizado a Venezuela como una “amenaza” a la seguridad de EE.UU.- pretende apresurar las actividades subversivas para terminar con la revolución bolivariana. 
Las cancillerías latinoamericanas digitalizadas por el Departamento de Estado -entre ellas la de Chile- maniobran en forma provocadora contra Venezuela. En esa tarea ruin destacan los gobiernos de Brasil, Argentina y Paraguay. La animosidad que les lleva a pisotear la hermandad latinoamericana, y de paso desarticular el Mercosur, ha llegado al extremo de la agresión física a la canciller venezolana Delcy Rodríguez, y al canciller boliviano David Choquehuanca. 
El presidente Nicolás Maduro Moros, elegido en 2013 para un periodo que termina en 2019, fue designado por el presidente Chávez como el continuador de su obra. Maduro tiene una limpia hoja de vida democrática. Ha sido desde siempre un militante de Izquierda, primero en la Liga Socialista y después en el movimiento que fundó Chávez y que hoy es el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Durante siete años, Maduro fue conductor de autobuses del Metro de Caracas y dirigente sindical de ese gremio. Luego fue diputado, presidente de la Asamblea Nacional, canciller y vicepresidente ejecutivo de la República. Posee suficientes condiciones y experiencia política para conducir el gobierno, aunque no tiene el carisma de Chávez. 
Resulta notable la enorme adhesión popular que mantiene viva y altiva a la revolución bolivariana. Esto se manifiesta en multitudinarias manifestaciones de apoyo al gobierno y en la creatividad del pueblo para enfrentar la adversidad. El PSUV tiene importantes deficiencias en materias de organización y formación ideológica. Pero la conciencia revolucionaria que sembró Chávez con el Socialismo del Siglo XXI ha permitido resistir a pie firme la embestida oligárquica e imperialista. Como en otras experiencias revolucionarias, el pueblo venezolano se ha autoeducado en la lucha por defender sus conquistas. Incluso se ha hecho cargo de los errores y contradicciones del gobierno. El chavismo sigue siendo así mayoría en las encuestas de opinión pública mientras la oposición da señales de debilitamiento. 
Chávez dejó un mandato: el Plan de la Patria con el que se iba a postular a la reelección cuando enfermó de cáncer. Maduro lo hizo suyo en 2013. Se trata de un programa de gobierno que tiene por objetivo asegurar “la independencia y la patria socialista”. El propósito del socialismo bolivariano es “desmontar el inhumano, depredador y belicista sistema de acumulación capitalista y trascender la lógica del capital que lo sustenta”. El cumplimiento de ese propósito parece constituir la clave para que el PSUV se recupere de la derrota parlamentaria de 2015.
Hasta ahora la unidad del pueblo y la Fuerza Armada Bolivariana -factor fundamental en esta experiencia revolucionaria- enfrenta con éxito la conjura reaccionaria. Pero es una batalla que también es nuestra. Venezuela la está librando en nombre de la soberanía e independencia de toda América Latina. Por eso merece el aliento y respaldo de sus hermanos, a los que representa en esta hora crucial.
 
PF
 
(Editorial de “Punto Final”, edición Nº 867, 23 de diciembre 2016).

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