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Editorial 870

La Constitución: cerrojo del cambio


Los tiempos electorales traen nuevas promesas de cambio, golpes de pecho autocríticos e iniciativas políticas diversas, algunas muy ingeniosas. La mayoría proviene de la casta política que otra vez sale a cazar incautos zorzales. A su manera, todos los partidos prometen un cambio, algo distinto a lo que existe. Es lógico: sería fatal para todo candidato prometer más de lo mismo y profundizar todavía más la crisis que Chile arrastra con una pachorra conmovedora.
En el escenario político-electoral, sin embargo, hay también actores bien intencionados que se proponen levantar una alternativa. Tal propósito merece respeto porque un cambio profundo es lo que el país necesita. Sin embargo ellos han elegido un camino equivocado. Intentan construir primero lo que es culminación y premio a la constancia y al esfuerzo: el liderazgo político. Una alternativa que ponga de pie la fuerza organizada del pueblo no se logra en los nueve meses que faltan para las elecciones. Y mucho menos imitando la rutina de la casta política que una mayoría ciudadana rechaza. La alternativa popular necesita planteamientos claros y un trabajo prolongado en el seno del pueblo. Crear los niveles masivos de conciencia y organización que permitan el abordaje de las estructuras del Estado, no es tarea fácil. No bastan una proclama o un programa de circunstancias. Solo con trabajo sacrificado y tenaz, que exige dar pruebas de consecuencia y honestidad, se construirá una alternativa. Es allí donde surgirán liderazgos electorales legítimos y probados.
Es una tarea necesaria pero que recién comienza en reducidos sectores de la población. Se hace en forma dispersa, rudimentaria y sin una estrategia que no sea la protesta que apenas rasguña la piel del sistema. Quienes planteen un cambio en este Chile humillado por la oligarquía y los políticos venales, están obligados a emprender este trabajo para fundir la lucha social con la acción política.
La población, asqueada del maridaje de política y negocios, no tiene motivo alguno para creer que estos o aquellos candidatos cambiarán las reglas del juego. Esa actitud -que se expresa en la abstención electoral- persistirá hasta tanto no se plantee la ruptura definitiva con el legado antidemocrático y corrupto que carga la institucionalidad.
El sistema tiene una camisa de fuerza que es la Constitución Política. Incluso con los remiendos posteriores a 1980 su espíritu, letra y arquitectura responden a los intereses de la oligarquía que se ha adueñado de Chile. Ningún cambio importante -y favorable al pueblo- se puede hacer mientras ese engendro autoritario esté vigente. Lo demuestran incluso las pálidas reformas -respetuosas del sistema- que ha intentado el actual gobierno.
La alternativa tiene que buscar un punto de ruptura democrática con el sistema implantado con las armas. Una ruptura que galvanice las fuerzas del pueblo. Eso significaría convocar a una Asamblea Constituyente para elaborar y plebiscitar la nueva Constitución democrática.
Para alcanzar la fuerza que requiere, la alternativa tiene que demostrar que los cambios en salud, educación, previsión social, vivienda, igualdad salarial de hombres y mujeres, derecho al aborto, seguridad, servicios eficientes, transporte público, etc., o sea las necesidades más apremiantes del pueblo, son imposibles de lograr con la actual Constitución. Y no digamos cuestiones como la recuperación de nuestras riquezas básicas, el reconocimiento del pueblo mapuche y otras etnias, la democratización de los medios de comunicación, una política de reindustrialización y políticas medioambientales para impedir la aniquilación del planeta devorado por la codicia capitalista. Nada de eso es posible.
El espejismo de una “alternativa” en competencia con la casta política, no toma en cuenta la profundidad de la crisis. Se deja engañar por la somnolencia de la costra social que oculta el descontento del pueblo. Hace tabla rasa de la necesidad ineludible de levantar la ruptura democrática convocando a la Asamblea Constituyente. Este debería ser el mensaje fundamental de una alternativa digna de tal.
La diferencia con el sistema hay que marcarla en el terreno de la desprestigiada institucionalidad. Solo así se alcanzará una mayoría social y política capaz de imponer el cambio. Participar en la institucionalidad que se impugna, aceptando reglas que se saben corruptas, repite experiencias que no dejaron ni la sombra de un recuerdo.
Por otra parte, el cambio constitucional no tiene ninguna posibilidad si se enmarca en los procedimientos burocráticos que se están proponiendo y que dejan en manos del Congreso -o sea de la casta política- la facultad de reformar la Constitución. Es deber de la alternativa denunciar con fuerza esta maniobra que intenta burlar otra vez el derecho del pueblo a construir la institucionalidad que mejor sirva a los intereses de la nación.
Este año se medirán de nuevo las fuerzas políticas conservadoras y las que plantean el cambio. Estas últimas son una minoría en un terreno hegemonizado por la abstención que tiene sin cuidado a los dos bloques partidarios que se turnan en el gobierno. Pero esto no debería ser el caso de una alternativa que debe sembrar, ver crecer y cosechar, un puñado de ideas-fuerza en la conciencia de las masas. El 65% de abstención en las elecciones municipales de 2016, y cifras más elevadas en las comunas más pobres, es un antecedente insoslayable en cualquier proyecto político. Revela lo que está pensando el pueblo. Los partidarios de la alternativa -entre los que nos contamos- llegan atrasados y sin base social a la confrontación electoral. Hay que asumir esa realidad y decidirse a echar los cimientos de una fuerza social y política capaz de hacer respetar los derechos del pueblo.

MANUEL CABIESES DONOSO

Editorial de “Punto Final”, edición Nº 870, 3 de marzo 2017.

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