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Artículo 873

Salvar a Venezuela

NICOLAS Maduro, presidente de la República Bolivariana de Venezuela.

 

La hostilidad del imperialismo estadounidense hacia la Revolución Bolivariana ha sido permanente y multiforme desde que Hugo Chávez resultó electo presidente. Según avanzaba el proceso de transformaciones sociales promovido por Chávez, siempre respetando las normas constitucionales y la legalidad, el imperio ensayaba nuevas acciones agresivas violatorias del derecho internacional.
La obra revolucionaria rescató a millones de venezolanos de la pobreza absoluta y la miseria, puso fin al analfabetismo, garantizó a todos y todas el acceso a la educación y la atención médica gratuita, les devolvió, en fin, la plena soberanía.
Venezuela ha cambiado sustancialmente. Sus grandes riquezas naturales, por primera vez en la historia no son para el disfrute exclusivo de una minoría, sino que han sido y son redistribuidas para beneficio de amplias masas. Pero ha sido una marcha cuesta arriba sorteando obstáculos de todo tipo.
Defender lo mucho que ha logrado y seguir conquistando mayores cotas de justicia constituye un perenne desafío para el pueblo del Libertador. Intentos de golpe de Estado, “huelga” petrolera, sabotajes, sanciones económicas, diplomáticas y políticas, amenazas militares y una descomunal, multimillonaria, propaganda para aislarla y pretender justificar la intervención foránea, han sido el pan de cada día impuesto a un pueblo que, en contraste, no sólo no ha atacado ni dañado a nadie sino que se convirtió, al mismo tiempo, en ejemplo de fraternidad para con los otros pueblos del continente.
Porque si Venezuela ha cambiado mucho, el imperio no ha cambiado nada. Ayer Obama, sin temor al ridículo, determinó que Venezuela es “una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de Estados Unidos”. Ahora Trump blande contra ella la llamada Carta Democrática Interamericana, cuyo texto debemos suponer que no ha leído pues, como se ufana en proclamarlo, el actual mandatario detesta la lectura.
La muerte de Hugo Chávez fue un golpe doloroso que estremeció a su país y al mundo. Desde Bolívar nadie hizo tanto como él por la emancipación de su pueblo, nadie supo hacer de Venezuela paradigma de solidaridad humana y auténtica democracia. Dedicado a su causa hasta el último aliento, antes de despedirse, Chávez propuso como a su sustituto y continuador a Nicolás Maduro, su mejor discípulo, un joven obrero y cercano colaborador, quien, en aquellas dramáticas circunstancias y enfrentando a una poderosa maquinaria de difamación y odio en su contra, resultó vencedor en las elecciones generales.
El gobierno de Maduro no ha conocido un instante de respiro. A la drástica caída en los precios del petróleo en el mercado internacional se ha unido la guerra económica desatada por Washington, en la que participa abiertamente la oligarquía local que especula con las limitaciones materiales y provoca escaseces y malestar. Estos fueron los factores principales que permitieron a la oposición obtener una mayoría de escaños en la Asamblea Nacional.
Hay que recordar que desde la primera elección de Chávez como presidente en Venezuela se han realizado más elecciones, plebiscitos y otras consultas populares que las que hayan podido efectuarse en los países del hemisferio que, cínicamente, quieren erigirse en jueces de la situación venezolana. En la mayoría de esos ejercicios democráticos vencieron las fuerzas del chavismo y cuando no fue así, los resultados fueron aceptados por Chávez y por Maduro.
Conviene recordar asimismo que ganar o perder transitoriamente la mayoría de los órganos legislativos no significa ganar o perder el gobierno en los países de América Latina. Tampoco lo es en Estados Unidos: si tal cosa rigiera en el vecino del norte la lista de presidentes despojados de sus cargos sería interminable: por ejemplo Clinton, Bush y Obama, para sólo mencionar los más recientes en una bicentenaria tradición en la que resulta normal ejercer la jefatura del Estado contando con una minoría parlamentaria. Para no hablar de Trump, cuya presidencia no es cuestionada -aunque Hillary Clinton lo superó por más de tres millones de votos- y ostenta el mayor índice de desaprobación del que haya memoria en aquel país.
No debe olvidarse, sobre todo, el carácter subversivo, anticonstitucional, proclamado sin ambages por Henry Ramos Allup cuando, al asumir la presidencia de la Asamblea, anunció un plan para expulsar de la jefatura del Estado a Nicolás Maduro en seis meses. No formuló un programa legislativo, anunció un golpe de Estado. Desde entonces no ha hecho otra cosa que alentar el caos y la inestabilidad institucional.
La conducta ilegítima e irresponsable de la oposición lejos de sumarle apoyo interno ha generado la creciente resistencia de un pueblo que, más allá de las ideologías, necesita y desea la paz y la convivencia frente a la agresión externa. Para derrocar al gobierno legítimo había que recurrir al exterior y buscar en Washington lo que no pueden encontrar en Caracas.
Entonces aparece, nada más y nada menos, la llamada Organización de Estados Americanos (OEA) y su insólito secretario general, Luis Almagro.
La historia del “Ministerio de Colonias yanquis” es sobradamente conocida. Hace más de un siglo, ante los primeros pasos para crear el “panamericanismo”, José Martí advirtió el peligro y llamó a pelear por la independencia verdadera de Nuestra América.
Para Almagro -o sea para el imperio- el único problema en el hemisferio es Venezuela. Su enfermiza obsesión antibolivariana lo ha arrastrado al punto increíble de dar una suerte de golpe de Estado dentro de la propia institución, desconociendo a sus propias autoridades -al representante de Bolivia, presidente del Consejo Permanente y decano de sus embajadores y al vicepresidente que es el representante de Haití- para imponer su estrategia antivenezolana.
Si la OEA tuviese un mínimo de seriedad no le alcanzaría el tiempo para ocuparse de los problemas reales del continente. La represión masiva contra los latinoamericanos en Estados Unidos; el infame muro de Trump y sus medidas de proteccionismo comercial; la vergonzosa destitución de Dilma Rousseff; la constante aparición de cementerios clandestinos en México y otros lugares; los asesinatos cotidianos de periodistas; los muchachos desaparecidos de Ayotzinapa, las niñas muertas en Guatemala; el incendio del Parlamento paraguayo; las huelgas y protestas populares en Argentina, Brasil y otros países, son parte del largo temario que interesa a los pueblos pero que no existen para Almagro ni para el dócil rebaño que lo sigue.
Porque la OEA no fue creada para bregar con la realidad. Nunca ha sido otra cosa que instrumento para la dominación imperial. Que a estas alturas echen mano a la vieja y desprestigiada herramienta, pisoteando incluso sus reglas y procedimientos, es un llamado de alerta. La agresión imperialista está en marcha y debemos detenerla.
El crimen se está cometiendo a la luz del día, a la vista de todos y contemplarlo en calma sería una complicidad imperdonable. Urge multiplicar la solidaridad. Hay que salvar a Venezuela.

RICARDO ALARCON DE QUESADA (*)

(*) Ex embajador en la ONU, ex ministro de Relaciones Exteriores y ex presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba. PF hace suyo este artículo.

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 873, 14 de abril 2017.


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