Punto Final, Nº 874 – Desde el 28 de abril hasta el 11 de mayo de 2017.
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Nuestro gusto por México

México ha dejado una profunda huella en Chile. En comunidades rurales (incluso en algunas ciudades), se oye persistente el ritmo de la ranchera y el corrido. Más aun, la música de los cultos protestantes es, básicamente, ranchera con letras cristianas. Vestirse de “charro” es indicio de elegancia. ¿Por qué ha ocurrido esto? México es un país lejano. Es más lógico el boom del tango o del rock latino, ambos originados allende los Andes. El nivel de penetración cultural de la ranchera, parece excesivo. Se pudiera creer producto de una gran migración de mexicanos. Pero los datos no lo avalan: actualmente unos seis mil chilenos están en México y el censo de 2012 indica solo 1.874 mexicanos en Chile. Muy pocos.

LOS PRIMEROS ACERCAMIENTOS
Los primeros mexicanos llegaron a Chile desde el virreinato de Nueva España. Por nuestra dependencia del virreinato del Perú, eran solo visitas esporádicas. Una relación relevante ocurre en el siglo XIX, cuando O’Higgins arma una escuadra, comandada por Lord Cochrane, para apoyar la independencia de Sudamérica. San Martín había establecido un protectorado en Perú y fungía como jefe supremo. La antipatía mutua de San Martín y Cochrane, lleva a este último rumbo al norte: el marino decide apoyar la independencia de México. Pero llega tarde, cuando ya se había producido. Igual es recibido de excelente forma. Sigue hasta California donde la sola presencia de las naves chilenas dio la independencia a ese territorio español. Esto lo cuenta el cocinero de Cochrane, Richard Longeville. Debe decirse que la oficialidad era extranjera, pero los marinos eran casi todos chilenos y entre ellos, muchos campesinos sin instrucción.
Años después, una oleada chilena se une a la fiebre del oro en la alta California, que ahora era de EE.UU. Muchos no volvieron: murieron allá. El motivo fue la ley en contra de los latinos que generó abusos y rebeliones. El primer hecho de sangre ocurrió en el yacimiento “Chile Gulch”. Mineros chilenos se batieron a balazos con los gringos, lo que dio pie a la llamada Chilean War. Era diciembre de 1849. En esos eventos los mexicanos estuvieron del lado de los chilenos. Entre ellos Joaquín Murieta, chileno o mexicano, no se sabe bien.

MEXICO EN EL CINE
Las herramientas audiovisuales son un efectivo mecanismo para transmitir cultura. En ellas, el cine tiene un papel principal. Lo dijo Lenin y también EE.UU., que no tardó en construir una industria. Pero no fueron los únicos: en los albores, un gran generador de cine fue México. La revolución mexicana trajo héroes y aventuras. Y el público parecía ávido de conocerlos. El cine de principios del siglo XX contó muchas de esas historias. Desde siempre hubo melodrama, aunque las películas fuesen mudas. Otros factores fomentaron el desarrollo del cine: primero la guerra civil en España y luego la Segunda Guerra Mundial.
Los incentivos, el interés y factores internacionales crearon la “época dorada” del cine mexicano, específicamente entre 1930 y 1957. Fue un cine de cantantes y estrellas como Jorge Negrete, Pedro Infante, María Félix o Cantinflas. Varios vinieron a Chile, como la argentina Libertad Lamarque, que se alojó en el Hotel Ritz. La artista vivía problemas sentimentales. Se lanzó al vacío salvando milagrosamente porque cayó encima de un dentista, por suerte admirador suyo. Jorge Negrete era ídolo máximo cuando llega a Chile el año 1946 (en invierno y en tren), generó niveles de histeria comparables a los que produjeron los Beatles en Inglaterra, años después. Según el historiador César Albornoz, las mujeres perdieron la compostura: accidentes, desmayos, etc., fue el resultado. Entre sus actividades, Negrete, el charro del cine mexicano, visitó al presidente Juan Antonio Ríos en su lecho de muerte. El artista le seguiría siete años después: era portador de hepatitis C.
Varios artistas chilenos hicieron carrera en México. Una fue Malú Gatica, quien, luego de varias producciones, abandonó México por recomendación de su amigo y admirador Orson Welles. Otros fueron Lucha Gatica, Mona Bell y Palmenia Pizarro.
El fin de esta época dorada ocurre en 1957, cuando cae el avión que pilotaba el popular actor y cantante Pedro Infante. Con su muerte, la decadencia fue rápida. EE.UU. se vuelca a su imparable expansionismo, y compra estudios en México. Muchas de sus películas empiezan a incluir temáticas y personajes mexicanos. Sin embargo, la producción suena apoteósica: entre 1966 y 1970 (la peor época) se rodaron “solo” 37 cintas.
Bastaron 25 años para masificar los esteriotipos del charro (“mero macho”). También la lucha libre: nuestro “cachacascán” fue la respuesta a las películas mexicanas de luchadores. Una clave en esas películas es que abundaba el contenido musical. Todas las grandes producciones popularizaron canciones. Por ejemplo la película Ay Jalisco no te rajes, que incluye la canción homónima, expresión que luego se usaría para designar a los porfiados. Todo actor mexicano debía saber cantar y todo cantante debía ser también actor.

MEXICO EN LA MUSICA Y EN LA TELEVISION
En los corridos, rancheras y boleros es donde mejor se expresa la música mexicana. Aunque, según se sabe, el bolero parte en Cuba con los Lecuona Cuban Boys, quienes alcanzan fama internacional presentando el bolero como una variante “lenta” de la rumba. Pero fue un mexicano el que dio al género su fama: Agustín Lara. Fue un personaje curioso. Se le bautizó como Angel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino. Participó en la revolución siendo herido en ambas piernas. Tenía una enorme cicatriz en la cara, pero esa la ganó en una riña con una prostituta. Cuando le empiezan a solicitar música para películas, tenía experiencia en el rubro: había sido pianista en burdeles y de cine mudo. Compuso más de 500 canciones y gran parte del repertorio mexicano clásico es de su autoría. De todas formas, varias veces se le acusó de plagio. El mejor intérprete de sus canciones fue Pedro Vargas, un cantante de ópera que dio un giro pasando a formar parte de una orquesta típica. Su discografía y filmografía son extensas y mucho de su material está perdido. En Chile tenía un contrato de exclusividad con radio Cooperativa Vitalicia.
El primer cantante de boleros que llega a Chile fue el Dr. Alfonso Ortiz Tirado, que debuta en 1934 en el teatro Carrera, además de las boites Casanova y La Quintrala. Una anécdota lo sitúa en el Tap Room. Quería tocar allí, pero el dueño, el Negro Tobar, le dijo que no tenía cómo pagarle, salvo con whisky y cocaína. El acuerdo se cerró. Los dos sellos discográficos que operaban en el país: RCA Víctor y Odeón, buscan artistas que cantaran rancheras y corridos. Los que pueden considerarse iniciadores del género en Chile son Los Queretanos. Un integrante de Los Queretanos fue Jaime Atria, abogado de la Universidad Católica, incluido en nuestro cancionero con su clásico “La Consentida”. Los Queretanos eran parte del elenco de radio Corporación y fueron elegidos el mejor conjunto “mexicano” de 1943. En los años 50 fue el turno de Guadalupe del Carmen, primera chilena en obtener un disco de oro. Originaria de Chanco, en su pueblo natal se la venera como a una santa. Murió de un ataque cardiaco en el camarín del circo Timoteo, la última etapa en su carrera musical. En Chanco se hace una fiesta anual en su honor y la bandera mexicana flamea en las casas.
El México televisivo es otra historia. Casi como una extensión de su cine, las primeras producciones mexicanas fueron melodramas: teleseries, telenovelas o “telecebollas”. Muchos piensan que surgen como imitación de las soap opera norteamericanas. Algo hay de eso, pues fueron las empresas de jabón las primeras en producir series en castellano. Es curioso que se diga que la “cebolla” es mexicana, cuando el padre absoluto de la teleserie mexicana y el cerebro de casi todos los guiones fue un chileno: Valentín Pimstein. Se crió en el barrio Brasil, donde sus padres tenían una vidriería. A los veinte años se fue a probar suerte a México y la tuvo: se convirtió en productor de cine. Todos los clásicos filmes mexicanos fueron producidos por él: Los ricos también lloran, Los hermanos Coraje, Carrusel y muchos otras películas que quedaron en el inconsciente colectivo en nuestro país. Muchas de esas historias se las aportaron guionistas chilenos como Arturo Moya Grau y Sergio Vodanovic.

RICARDO CHAMORRO

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 874, 28 de abril 2017).

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