Punto Final, Nº 874 – Desde el 28 de abril hasta el 11 de mayo de 2017.
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Ser como él

 

Codiciosos, cicateros, admiradores de la riqueza infinita, soñadores con vidas de lujos y beneficios al alcance de la mano. Ganadores de plata al costo que sea. Miradores en menos al que trabaja por un sueldo. Seres humanos de pacotilla cuyo valor se relaciona con el saldo en sus innumerables cuentas corrientes. No soportan perder. Y lamentan hasta la mierda que desechan.
Son los hijos perfectos de un modelo que cultiva con esmero su ignorancia bruta. Seres humanos que braman ante las palabras gratuito, derechos, solidaridad o justicia. Como si aquello que no se reduce a un precio perdiera de pronto toda calidad. Seres plastificados que aborrecen parecerse al pobre o simplemente a la gente de trabajo. Esta es un afrenta que resuelven por la vía de hacer patente la diferencia entre el que puede pagar y el que no. O entre un uniforme escolar y otro.
Vea no más como se trastocan las cosas en este simple detalle de la vestimenta escolar. Aquello que se creó para no diferenciar entre un niño y otro por la calidad de las ropas, para ser iguales por lo menos ante el republicano proceso educacional, terminó ejerciendo la función completamente diametral: el uniforme escolar hoy es precisamente para hacer la diferencia.
Comprobando que todo parte en la escuela, esa gente hace esfuerzos para que sus hijos vayan a colegios en los que vale un ojo de la cara el pago por la admisión, la mitad del otro por escolaridad y un cuarto de lo que queda por cada porquería absurda que compran solo para demostrar capacidad de pago en la siguiente reunión de apoderados.
Creyentes de misa dominical abusan de la fe para exculparse de los pecados que cometen a diario. Evitan mortificarse con los preceptos del Crucificado por la vía de buscar en lo contemporáneo versiones religiosas más amistosas, que les eviten vivir en la contradicción con los mandamientos.
La codicia era una cosa de los antepasados humanos cuando esa conducta no tenía, como hoy, la noble función de crear riqueza con el consiguiente chorreo para el desposeído. Y la avaricia ya no rompe el saco sino que es una necesidad del sistema económico para mover la economía, en la que, como se sabe, hay un orden natural, inmutable, divino.
Así es más o menos el perfil del votante de Piñera. Un sujeto que mejor representa el logro cultural de la economía vigente perfeccionada con pasión por los sucesivos gobiernos civiles postirano. Y que avizora tener muchos años por delante.
Para esta gente, tontos son los que trabajan para ganarse la vida.
Robar, a su modo, no es algo indecente. Y se dan maña para pasar por alto las disposiciones bíblicas por la vía de interpretaciones ajustadas a sus propios casos, en los que tomar de lo que no les pertenece ya sea por el interés usurero, la explotación inhumana, el cobro abusivo o la exacción inmoral, no es comparable con entrar subrepticiamente a un lugar y huir con lo encontrado o arrebatar la billetera al transeúnte despistado.
Para esta gente, cogotear al prójimo mediante negocios sucios, colusiones turbias, intereses criminales o mediante precios de escándalo es un acto de honesto negocio, un medio de ascensión social.
Piñera es el símbolo de esas maquinaciones y el epítome de esos sujetos arribistas y escasos de entender, vacunados contra lo solidario, exentos de valor y sobrados de precios.
De estos, la versión más patética es sin duda el pobre que ordena su vida por la vía torpe y penosa de ser como ellos por el abuso de la imitación ramplona y estéril. Ese que se provee de pantalones Dockers en el Persa San Francisco y luce su cuatro por cuatro chino los domingos en la feria del barrio. Y que vive endeudado hasta la madre solo para ser como él.
El ex presidente sabe que tiene una corte de especuladores, arribistas, ignaros amantes de la riqueza y el malabar que ya se soban las manos ante la posibilidad de que la cosa se arregle para negocios oscuros, ganancias truchas, especulaciones impunes y otros pecados de bastante rédito y lucimiento

Ricardo Candia Cares

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 874, 28 de abril 2017).

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