Punto Final, Nº 874 – Desde el 28 de abril hasta el 11 de mayo de 2017.
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El cuento de las armas químicas en Siria

 

DESTRUCCION y muerte en las ciudades de Siria, otrora el país más próspero de Medio Oriente.


Las justificaciones de la agresión estadounidense contra Siria nadan en el vacío de la especulación. Los hechos confirman que el presunto ataque químico en el sur de la provincia de Idleb fue una manipulación destinada a salvar del colapso a los extremistas armados.
Justamente -y aún en medio del acoso militar desde el norte, sur y este-, ese ataque sucedió cuando las fuerzas armadas sirias, junto a milicias aliadas, liberaba Alepo, rescataba Palmira, asentaba el control sobre importantes yacimientos de petróleo y gas en Homs y detenía y derrotaba ofensivas terroristas en los suburbios de Damasco.
En cambio, la mayoría de los grupos yihadistas derrotados aceptaban integrarse a una llamada Junta para la Liberación del Levante, que concentraba armas y hombres en la cabecera de la provincia de Idleb bajo la hegemonía del otrora Frente Al Nusra.
Los hechos así lo demuestran, tal y como afirmara Marcello Ferrada de Noli, de la organización no gubernamental Médicos Suecos para los Derechos Humanos. “La producción de los videos -únicas pruebas sobre el presunto ataque químico- sirvió para el objetivo inmediato de los cascos blancos y los ‘rebeldes moderados’ de promover ‘su’ campaña a favor de una zona de exclusión aérea en Siria, que a su vez se radicó en la ‘doctrina de Hillary Clinton’”, sostiene.
“Como fuentes de información se nombra a testigos anónimos del supuesto ataque. Uno de esos testigos es un activista de los cascos blancos. Total, que vemos que la veracidad de la información es cuestionable. Excepto esta información, no hay ninguna otra prueba del ataque”, explicó.

LOS CASCOS BLANCOS
Los autodenominados cascos blancos se definen como un grupo de rescatistas que surgió en 2013 en Turquía por “gestión” de James Le Mesurier, ex oficial británico y alto representante de la ONU en lugares en guerra como Bosnia y Kosovo. Ese grupo es con suficientes evidencias un aliado en el terreno del Frente para la Liberación del Levante, ex Al Nusra, cuyos integrantes “desaparecieron” de Alepo tan pronto la ciudad fue liberada y jamás coordinaron “acciones” con la Media Luna Roja Arabe Siria o la Cruz Roja Internacional cuando más se necesitaba atender a miles de pobladores en zonas devastadas.
Está probado, por los encargados de la exploración y otras técnicas que quienes trasladan y almacenan productos químicos altamente tóxicos son los yihadistas, tal y como hicieron en Gutta, cerca de Damasco, en 2013, y en varios suburbios de la zona oriental de Alepo. Esos traslados llegaron sobre todo desde zonas fronterizas con Turquía en distintos embarques y requirieron luego una manipulación no muy sofisticada, pero que exigen un mínimo operacional para evitar incluso la contaminación de quienes la realizan.

CAMPAÑA MEDIATICA
A este panorama se agrega la sistemática y abrumadora campaña mediática contra Siria desde centros de comunicación en Arabia Saudí, Catar y el resto de las monarquías “de los petrodólares” de la región del llamado Golfo Pérsico, un elemento más que demuestra el “desvanecimiento” del mundo árabe, desunido y disperso.
Así lo demostró la reciente Cumbre de la Liga Arabe en Jordania, donde no hubo consenso sobre nada y mucho menos acerca de la dramática situación en Siria. Solamente leves alusiones a la lucha del pueblo palestino.
En detalle, sigue latente la cuestión de que por encima de bases confesionales comunes -sunnitas y chiítas en lo fundamental- el evidente objetivo de destruir Siria parte de intereses económicos como punta de lanza contra Rusia e Irán y los importantes y estratégicos yacimientos de petróleo, gas y fosfatos en el vasto desierto de esta nación del Levante.
Ahí se incluye, como pieza fundamental, el proyecto catarí de 2009 en nombre de las transnacionales estadounidenses, para la construcción de un gran gasoducto que atravesaría el territorio sirio, eje geográfico fundamental. Damasco lo rechazó en defensa de su propia soberanía y tomando en cuenta que Rusia e Irán son sus aliados tradicionales en el marco de una historia que defiende las soberanías nacionales por encima de objetivos políticos y económicos.
Por otro lado, datos e informaciones publicadas en redes sociales, medios de prensa y por analistas son abundantes y demoledores, pero basta señalar que desde el 26 de marzo un buque de transporte militar de EE.UU., el Liberty Passion, salió del puerto italiano de Livorno, hizo escala en Yeddah, Araba Saudí y atracó en el único puerto jordano, Aqba, apenas a 20 kilómetros de la frontera sur con Israel, en el Golfo de igual nombre y que da acceso al Mar Rojo.
El único comentario estadounidense sobre el movimiento del buque que transporta vehículos militares, entre ellos tanques, camiones y helicópteros, fue que participa en “misiones de control para la seguridad” de esta parte del mundo. Puede agregarse que las últimas acciones desmienten claramente ese presunto “objetivo” indefinido, más aún cuando EE.UU. mantiene en Jordania el Comando Central de Avanzada y dos centros, uno para labores de inteligencia terrestre y otro destinado al entrenamiento de tropas especiales.

NUEVAS BASES YANQUIS
Vale señalar, además, que el Liberty Passion llegó al mencionado puerto casi simultáneamente con el ataque de misiles crucero a la base siria de Shayrat. Y a pocas horas de que el rey jordano Abdalá II declarara al Washington Post, en su visita a Washington, el temor sobre “una comunicación o continuidad geográfica entre Irán, Irak, Siria y el movimiento de resistencia libanés Hezbolá”, y la Guardia Revolucionaria iraní a solo 70 kilómetros de la frontera jordana con Siria.
Tenebrosa coincidencia cuando se sabe que Siria tiene acuerdos prácticos y dio autorización oficial en la lucha antiterrorista a Irán, Hezbolá y milicias iraquíes.
Otras informaciones expuestas en el sitio web israelí Debka File, señalan que la administración de Donald Trump inició un proyecto masivo de preparación para retirar las unidades de EE.UU. de la base aérea de Incirlik, en Turquía, y trasladarlas a las cinco nuevas bases militares que construye en Siria. La base más importante (que está en la última fase) se localiza en Al-Tabqa,dentro del territorio sirio a 40 kilómetros al oeste de la ciudad norteña de Al-Raqa, principal bastión del Estado Islámico, mientras que las otras cuatro estarán localizadas en el aeropuerto de Hayar, y en la ciudad de Qamishli, ambas en la provincia de Hasaka y Kobani, y en la de Alepo.
Debka File afirma que esas bases estadounidenses forman parte de una “estrategia tridimensional de Washington, cuyos objetivos incluyen la presunta lucha contra el grupo terrorista del Estado Islámico (Daesh, en árabe), el apoyo de las Unidades de Protección Popular (YPG, por sus siglas en kurdo) y el bloqueo del acceso terrestre de Irán a Siria, pese a que los iraníes tienen presencia en el territorio árabe por petición oficial de Damasco”.
Por tanto, estos ejemplos y no todos los que se conocen, demuestran que las más recientes presiones de EE.UU., a través de ataques públicos y evidentes, bajo el pretexto del uso de armas químicas, encierran las inequívocas intenciones de Washington para, con variantes, continuar proyectos injerencistas largamente planeados y que alguna vez, e irónicamente, se agruparon en una denominada primavera árabe.

PEDRO GARCIA HERNANDEZ (*)
Especial para “Punto Final”

(*) Periodista cubano, corresponsal de Prensa Latina en Siria.


Siria y la defensa de su historia

El 17 de abril de 1946, las últimas tropas colonialistas francesas abandonaron el territorio sirio, pero las limitaciones soberanas de las naciones que formaban la región del Medio Oriente tenían antecedentes funestos, como el llamado Tratado S. Dykes-Picot y la Declaración de Balfour.
Los documentos mencionados, en el año 1917 fueron la manifiesta expresión de que los apetitos polìticos y económicos de dos potencias coloniales en decadencia, la británica y la francesa, no dejaban nunca de lado sus intereses y por decantación favorecieron con migajas al ya fenecido Imperio Otomano, y entregaron resquicios de poder a las monarquías del Golfo.
El Reino Unido y Francia habían impuesto sus reglas y en la Conferencia de Paz de París, de 1919, asumieron “protectorados” sobre Palestina y vastas regiones del actual Irán y marginan territorios de Siria para poder transportar mediante oleoductos el petróleo de Mosul hasta Haifa, en el actual Israel.
Tras la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano se disolvió, y en 1922 la Liga de las Naciones repartió el dominio de la antigua Siria entre dos países: el Reino Unido -recibió Transjordania y Palestina- y Francia lo que serían las actuales Siria y Líbano.
He ahí entonces que cuando Siria logra su independencia, enfrentaba el despojo históricos de tales áreas y de la hoy conocida región de Iskanderun, cedida por obra y gracia a Turquía como interpretaciones “prácticas” de los documentos mencionados.
La época del espanto y el terror continuó y alentó desde un principio la desunión del mundo árabe, cada vez más desvanecido en el tiempo histórico. Además de propiciar la marginación del pueblo palestino y el establecimiento de un Estado judío en su variante más extremista.
Los arqueólogos han demostrado que la civilización en Siria era una de las más antiguas de la Tierra, formaba el centro del llamado Creciente Fértil por sus características geográficas y resultaba el punto en el que convergieron vestigios de civilizaciones como la fenicia, greco-romana, palmireña, bizantina, arabe- islámica y de las Cruzadas, una mezcla aún por estudiar y detallar en su vasta complejidad histórica.
Desde 1946 la nación fue sometida a un sinnúmero de presiones de carácter político, económico y social que exacerbaron las disputas de base confesional. Cuando diez años después se firmó un tratado con la entonces Unión Soviética y surgió la crisis en Egipto por la nacionalización del canal de Suez, Siria se alineó en una suerte de frente contra las potencias occidentales.
Al calor del panarabismo, definido entonces como una corriente política progresista liderada por el egipcio Gamal Abdel Nasser, éste y el presidente sirio Shukri al-Kuwatli anunciaron la fusión de los dos países el primero de febrero de 1958. La unión fue disuelta tres años después sin claros fundamentos y en medio de cada vez más profundas disensiones en el mundo árabe.
Se sucedieron los enfrentamientos con el régimen sionista de Israel en 1967, las crisis en El Líbano y el dramatismo y la desunión dentro del movimiento palestino, en las que incidieron sin dudas la dirigida manipulación y aliento desde las grandes potencias occidentales para llevar al límite las diferencias religiosas entre musulmanes y cristianos, dispersos a su vez en un sinnúmero de sectas y agrupaciones políticas y de base confesional.
Es en medio de ese panorama que el 13 de noviembre de 1970 asume el poder en Siria el hasta ese momento ministro de Defensa Hafez al-Assad mediante un pacífico golpe militar.
Entre ese año y el 2000, Al-Assad enfrentó la llamada Guerra del Yon Kippur con el régimen sionista de Israel y múltiples y continuas presiones políticas y económicas que siempre intentaron restar derechos soberanos al pueblo sirio.
El país, con más virtudes que defectos, superó crisis internas de orden económico, social y político pero fue sin duda alguna la nación del Medio Oriente donde más primó la tolerancia social, política y religiosa, con una línea de desarrollo económico positiva y no sin imperfecciones.
A 71 años de la independencia, esta nación del Levante asume un rol determinante en la defensa del derecho de los pueblos a la libre determinación, sin injerencias externas y con una firmeza basada en una historia milenaria de lucha y en contra del espanto de una guerra impuesta que se extiende desde fines del siglo XX.

PEDRO GARCIA HERNANDEZ
En Damasco

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 874, 28 de abril 2017).

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