Punto Final, Nº 882 – Desde el 18 hasta el 31 de agosto de 2017.
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Nuestras deudas, sometimiento y vacío

 

El endeudamiento no es sólo un efecto de un contrato financiero. Involucra la vida social y sus proyecciones, condiciona nuestros actos y limita el alcance de la política. Nos condiciona a los intereses del gran capital y no diferencia entre trabajadores y productores, empleados y cesantes, estudiantes y jubilados, ni niveles de ingresos. La única dualidad se da entre el acreedor, que es el dueño del capital, y el deudor, sometido a pagar la deuda con la venta de su trabajo.
La deuda que nos unifica es nuestro vacío, nuestra gran desposesión. El filósofo francés de origen italiano Maurizio Lazzarato en La fábrica del hombre endeudado nos alerta que estamos desposeídos de manera triple: desposeídos por un sistema político debilitado concedido por la democracia representativa; desposeídos de derechos que nuestros antepasados conquistaron en las luchas anticapitalistas, y desposeídos, especialmente, de futuro, como sueño, ilusión, como posibilidad. Cuando contraemos una deuda, nuestro futuro está convertido y condicionado al plazo de pago.
En ese ensayo magistral, que es una continuidad de los estudios de Deleuze y Guattari, Lazzarato pone la base: la deuda es el fundamento de la economía neoliberal. Más que una desventaja para el crecimiento, constituye el motor de la economía contemporánea. La fabricación de deudas, la construcción de la relación de poderes entre acreedores y deudores, es la pieza estratégica de la economía neoliberal. Es su lógica. La macroeconomía se apoya hoy en el déficit, en tanto los trabajadores y consumidores mueven sus propias y reducidas economías en una línea difusa que apenas distingue lo ganado y lo adeudado. Finalmente todos estamos endeudados, escena neoliberal que abre una nueva relación de poder y de sometimiento con el capital.
La economía se mueve hoy por el capital financiero. Es el gran nuevo poder que ha basado su crecimiento en la deuda y la especulación. Sin ir más lejos, los grandes conglomerados chilenos que en pocos años se han colado entre los grupos históricos han escalado posiciones sobre la deuda y el crédito. Ejemplos como Corpbanca, Cencosud y Falabella han hecho sus fortunas Forbes en un tiempo relámpago sobre préstamos a tasas usurarias.
Esta nueva escena, acelerada y profundizada desde finales del siglo pasado, despliega no sólo una nueva estructura económica, sino sociopolítica. El hombre y la mujer endeudados se gestan como un sujeto que condiciona su vida y sus acciones a la profundidad de sus deudas. Si ello es así en las individualidades, lo es también en los países, en las economías, hoy sometidas al poder de los acreedores y sus exigencias. La cristalización en Chile de su modelo neoliberal, levantado cual paradigma económico e institucional, es finalmente parte de las exigencias del gran capital financiero. Las empresas chilenas, vale recordar, están entre las más endeudadas del mundo.
El sujeto endeudado está prisionero entre dos expresiones del capital. Por un lado al entregar su fuerza laboral, y mediante el crédito y su servicio mensual. Resulta evidente que con este doble accionar el capital haya logrado multiplicar su rentabilidad. Los procesos de concentración de la riqueza son efecto de la ubicuidad del capital cuyo accionar es despojo del trabajo. Cada deuda contraída es finalmente una transferencia de riqueza desde el trabajador o el emprendedor hacia el dueño del capital.
La concentración del poder no es sólo económica. El poder económico es hoy ubicuo y se expresa en otras escenas, en especial la política. La corrupción, que es sólo la punta de un iceberg, es la parte más visible de cómo se estructuran las sociedades en las economías neoliberales manejadas por el gran capital financiero.
En Chile estamos viviendo el drama de la deuda en toda su magnitud y extensión humana. Desde el CAE, que aprieta a los jóvenes, al trabajo, un falso ahorro para pensiones entregado a la codicia de las AFP. Una vida sometida al sector financiero que comienza mal y termina peor. Del endeudamiento estresante a la literal miseria. La vida del chileno está diseñada por el gran capital.

Paul Walder

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 882, 18 de agosto 2017).

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