Punto Final, Nº 884 – Desde el 15 hasta el 28 de septiembre de 2017.
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El peor escenario

 

Para ser justos, la responsabilidad que tiene la Izquierda en el actual estado de cosas aún no ha sido dimensionada. Ni siquiera asumida como tal. No ha habido la valentía suficiente para una cruda autocrítica. Ni el espacio adecuado. Atrapada en el anquilosamiento de la costumbre de hacer las cosas mal, no es capaz aún de sacudirse del espanto que produce ver un mundo que desde la Unidad Popular hasta acá, cambió varias veces y en el que ya no calzan las consignas que pasaron de moda junto con la gomina.
Y en el otro extremo, la Izquierda nueva destila la satisfacción errónea de creer que inventaron esa fascinación de los zurdos de hacer las cosas peor de lo que sería de proponérselo. La decadencia de la Izquierda amargada ha dado paso a una Izquierda con exceso de azúcar.
Y entre ambas, cosa curiosa, no hay ni puentes ni cercanías por el miedo que tienen las dos a que una subsuma a la otra y la fagocite. Y le quite lo que tiene. Lo poco que tiene. La nada que tiene. Y también entre ambas, un pueblo que aún no dice esta boca es mía a pesar del enorme poder que podría desplegar si se desembarazara de dirigentes que piensan antes en ellos que en ver la realidad, esa terca que se propone a cada rato contradecir a los teóricos y sus teorías.
Tanta marcha estéril ha hecho mal. Tanto dar vueltas a la plaza sin llegar a ningún lado ha aumentado la desazón y el desánimo. Tanta consigna optimista ha cansado.
Y, del mismo modo, tanta falsa representación que se alza sólo para conseguir el puestecito en la Cámara ha alargado los tiempos.
¿Qué se requiere para postular a representar a otros? Se hace difícil creer que buenas personas salidas de la nada se puedan ungir como tus defensores, sin que hayas dicho esta boca es mía en esa consagración.
¿Es que acaso no es posible que la gente decida?
Ahora es el turno del Frente Amplio de retrasar la construcción de un proyecto contrapuesto al orden. Tarde o temprano, deberá asumir que su postura elitista y alejada de la gente ha perdido un tiempo precioso. Y será tarde cuando caigan en cuenta que se debió comenzar por la otra punta.
Y que rápido no es lo mismo que apurado. Se necesita un proyecto en que la gente haga lo suyo. Y no por la vía miope y corta de asumir la impaciencia de los jóvenes por llegar al Parlamento como la fuerza motriz de un movimiento que a poco, luego de las elecciones, hará su secesión mayor; o por el expediente, igual de estéril, de esperar las condiciones objetivos y subjetivas...
Hacer política desde lo social, o, en otras palabras, superar la tranca de aceptar sin chistar que la política es solo para los partidos, más o menos de eso se trata.
Proponernos dar la pelea en un territorio hasta ahora impoluto. No dejar mansamente que otros diriman lo que es un derecho y lo que no es. Llevar la contradicción y la movilización al Congreso y a las instituciones.
Han faltado líderes que asuman esa curvatura en espacio-tiempo de la política. Y se atrevan a entrar en esa dinámica, la de la mal vista política formal. Han faltado dirigentes que no le teman a la fragmentación de sus organizaciones, ni a la conducta obtusa y añeja de quienes aún creen en la revolución de estilo clásico.
Hoy resulta revolucionario proponerse la construcción de un país decente. La profundidad de la contrarrevolución neoliberal ha resquebrajado de tal modo este país, que un proyecto político que asuma una reconversión solidaria en lo que respecta a derechos sociales, podría generar ruido de sables o adelantar asonadas golpistas.
Ya resulta insoportable ver cómo se suceden los desfiles tras las consignas cansadas. Y como en breve esa energía se diluye. Y la desesperanza toma su lugar. Las exigencias de los sectores sociales que aún alzan la voz por sus derechos conculcados deben tomar forma de proyecto político. Y superar la exigencia sectorial. La superación del neoliberalismo debe ser un proyecto de millones, en el cual los trabajadores tengan un rol de conducción importante. Por eso el peor escenario para la Izquierda sería que por algún misterio en la conducta de la gente, ganara la candidata del Frente Amplio.
Pocas cosas tan terribles como ganar sin tener ganas de hacerlo.

Ricardo Candia

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 884, 15 de septiembre 2017).

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