Punto Final, Nº 887 – Desde el 27 de octubre hasta el 9 de noviembre de 2017.
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La Asamblea Obrera de Alimentación Nacional

 

Huelga exigiendo el abaratamiento de los artículos de primera necesidad (noviembre de 1918).


Uno de los episodios más notables y desconocidos de la historia social de Chile fue la conformación en 1918 de la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional (AOAN). Esta fue una entidad que surgió luego de la recuperación del movimiento sindical del hundimiento al que lo llevaron las grandes masacres de la primera década del siglo XX. Ya en 1917 se había creado la Federación Obrera de Chile (Foch) de orientación socialista; se habían robustecido los sindicatos anarquistas que se integrarían en 1919 a la Asociación Obrera de los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) con sede en Estados Unidos; y habían continuado vigentes las organizaciones mutualistas vinculadas al Partido Democrático.
La AOAN tuvo el mérito de agrupar no sólo a las diversas organizaciones obreras existentes, sino también consiguió la adhesión de entidades de clase media como estudiantes, profesores y empleados bancarios e incluso, organizaciones propias de los diversos partidos políticos (ver: Patricio De Diego Maestri; Luis Peña Rojas y Claudio Peralta Castillo. La Asamblea Obrera de Alimentación Nacional: Un hito en la historia de Chile; Sociedad Chilena de Sociología, 2002).
Esta organización tuvo sus raíces en las históricas luchas promovidas por el Partido Democrático por lograr la limitación de las exportaciones de alimentos y, con ello, bajar los precios de la carne y cereales. Aquella lucha renació en 1917 dado que los precios de los alimentos básicos subieron ese año en Santiago un 33% y el índice del costo de la vida se elevó de 115 a 130 (sobre una base de 100 en 1913). Y pese a que bajó a 129 en 1918, se incrementó a 152 en 1919 (ver Peter DeShazo. Urban Workers and Labor Unions in Chile. 1902-1927; The University of Wisconsin Press, Madison, 1983; p. 159).
La AOAN fue presidida por el dirigente de la Foch Carlos Alberto Martínez (quien en el futuro sería uno de los fundadores y líderes del Partido Socialista), y su vicepresidente fue el anarquista Moisés Montoya. Convocó a una gran manifestación el 22 de noviembre de 1918. En los petitorios se solicitaba parar la exportación de cereales; la abolición del impuesto a la carne argentina; la entrada libre de productos alimenticios a Santiago, como azúcar, arroz, té y café; el abaratamiento del transporte de alimentos por Ferrocarri-les del Estado; y el establecimiento de ferias libres para la venta de alimentos, entre otras peticiones (ver De Diego, Peña y Peralta; pp. 231-40). Fue impecablemente pacífica y logró, incluso, que el presidente de la República (Juan Luis Sanfuentes) y el ministro del Interior (Armando Quezada Acharán), luego del desfile, escucharan durante media hora el contenido del petitorio, que incluyó duras críticas al gobierno y a la elite oligárquica: “¿El pueblo trabajador, qué importa? Que siga vendiendo el esfuerzo de su brazo por un papel (moneda) depreciado, que siga su familia toda pagando las consecuencias del sobreprecio que se pone al peso chileno al comprar una mercadería cualquiera; que se hunda en el fango de la miseria; no vale la pena preocuparse de él. ¡Es el roto! El roto que en los campos de batalla dio su sangre defendiendo suelo ajeno; el roto que cultiva la tierra de otros, haciéndola producir mieses que no come; el roto que en la fábrica y el taller, con ciego estoicismo, fabrica objetos que no puede usar; el roto que construye edificios, hermosos palacios, mientras él y sus hijos habitan pocilgas; el roto (…) que sus gobernantes, las clases altas, lo desprecian y lo balean cuando pide pan” (Ibid.; pp. 235-36).
Tal fue el éxito que el gobierno y el Parlamento, por pri-mera vez en la historia, accedieron rápidamente a satisfacer varias demandas obreras. De este modo, se aprobaron leyes que implicaban: “a) Suspensión por tres años del impuesto al ganado argentino. b) Los impuestos al arroz y al té se destinarían al arreglo de caminos, con el fin de hacer expedito el transporte de alimentos (…) c) Creación de un fondo estatal de dos millones de pesos destinado a la instalación de almacenes fiscales que venderían artículos de primera necesidad a precio de costo. d) Término del monopolio de los interme-diarios privados sobre los productos de chacarería e instalación de ferias libres en los distintos barrios de la capital” (Ibid.; p. 79). Incluso el ministro del Interior integró a la AOAN a la comisión del gobierno que estudió los proyectos.
Este éxito fue altamente ponderado por el diputado radical Antonio Pinto Durán, en una sesión de la Cámara del 12 de diciembre: “El gran comicio popular que tuvo lugar en Santiago, para pedir el abaratamiento de la vida, señala el principio de la revolución más trascendente que ha podido verse en este país desde la época de la Independencia (…) porque sé que jamás se ha presentado un memorial de estilo más fuerte al gobierno que el que presentaron los manifestantes de ese mitin (…) el presidente de la República y sus ministros tuvieron que oírlo desde la primera hasta la última frase, con una humildad y una paciencia verdaderamente franciscanas. ¡Y no sólo esto! El presidente de la República y el Congreso, como esos estudiantes perezosos, pero simpáticos (que calientan sus exámenes en el cerro Santa Lucía), se han puesto a calentar los proyectos de ley que se exigen en ese memorial” (Ibid.; p. 81).

CAMPAÑA DEL TERROR DE “EL MERCURIO”
Por cierto, la prensa oligárquica había comenzado ya antes del gran mitin del 22 de noviembre una virtual campaña del terror.
Así, El Mercurio del 14 de noviembre había señalado que “la aspiración a realizar las máximas reivindicaciones sociales significaba no sólo la revolución, sino la destrucción de todo lo existente” (Ibid.; p. 94). Dicha campaña se incrementó luego del gran éxito de la manifestación, debido a que el 28 de noviembre la AOAN se declaró insatisfecha con las medidas adoptadas por el gobierno, exigiéndole en un plazo de quince días que creara un Consejo Nacional de Subsistencias con amplios poderes regulatorios (ver DeShazo; p. 160) y “demandó la introducción de impuestos a la propiedad y a los ingresos, comidas gratuitas para los niños escolares, leyes de salario mínimo, una campaña financiada nacionalmente contra el alcoholismo, como también otras reformas relativas a la exportación de alimentos” (De Diego, Peña y Peralta; p. 160). Y como resultado de estas presiones “el 12 de diciembre, sólo horas antes que expirara el plazo fijado por la AOAN, Sanfuentes prometió que sería creada una Administración Nacional de Subsistencias” (DeShazo; p. 160).
De este modo, El Mercurio del 7 de diciembre plantea-ba ominosamente que “los vencedores de la jornada, los más vehementes, los más exaltados, probablemente los que marchan con menos buena fe dominan y dirigen a las fuerzas organizadas. Entonces, el movimiento (…) no quiere solo tratar de subsistencias, sino de algo más. Es fuerza subversiva, que encuentra una brecha en las murallas sociales y quiere asaltar el poder (…) hay una ofensiva central, directa, al corazón, a las entrañas de la patria (…) El deber del gobierno es ser justiciero y paternal; repartir la autoridad, el consejo y el pan. Pero tiene también otro: defender la colectividad, el cuerpo y el alma de la nación. El que la toca es criminal (…) es culpable. Tiene penas. Debe ser juzgado y castigado” (De Diego, Peña y Peralta; pp. 97-8).
Pero no solo la derecha se manifestó muy preocupada. El propio Pinto Durán, que representaba el sector más izquierdista del Partido Radical, concluyó en su mismo discurso del 12 de diciembre: “Así es, señor presidente, que en Santiago de Chile, como en Rusia y como en Alemania, existe ya un comité de trabajadores, y ese comité dicta órdenes al presidente de la República y al Congreso” (Ibid.; p. 81). Y el diplomático y escritor de clase media, Emilio Rodríguez Mendoza, recordaba en 1929: “El temblor de vaga inquietud, producido por la guerra, llegó hasta nosotros (…) y un día de fines de 1918 desfilaron ante La Moneda y Portales todos los residuos acumulados por el odio y el arrabal. Eran el analfabetismo, la taberna, la raza olvidada, disminuida y detenida, la que pasaba, desgreñada y descamisada (…) La chusma pasaba fluvial y desbordada, inflamando aquella tarde estival con sus banderas llenas de insultos, avanzada inconsciente del bolcheviquismo” (Como si fuera ahora; Edit. Nascimento, 1929; p. 321).

OLA REPRESIVA
La inquietud oligárquica y de clase media se expresó también en que los diversos poderes públicos iniciaron una ola represiva. Así, una semana después del mitin, la Corte Suprema envió a todos los jueces del país un comunicado -publicado en la prensa- en que los instaba a perseguir y castigar judicialmente a quienes organizaran “reuniones tumultuosas en que se amenaza el orden social y la propiedad privada, con grave daño para la tranquilidad pública y para los derechos cuyo ejercicio garantiza la Constitución Política del Estado” (De Diego, Peña y Peralta; p. 99).
Por otro lado, el gobierno logró aprobar casi por unanimidad una ley represiva destinada a prohibir la entrada al país y a permitir la expulsión del mismo “a los extranjeros que practiquen o enseñen la alteración del orden social o político por medio de la violencia” o a los que “propagan doctrinas incompatibles con la unidad o individualidad de la Nación” o “provocan manifestaciones contrarias al orden establecido” (Brian Loveman y Elizabeth Lira. Arquitectura política y seguridad interior del Estado 1811-1990; Edic. de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, 2002; pp. 82-3).
Entretanto, mientras el Congreso comenzó a dilatar la aprobación de una ley que estableciera una Administración Nacional de Subsistencias, la AOAN convocó, el 14 de enero de 1919, a una nueva manifestación pública a celebrarse en Valparaíso el 27. El evento fue un éxito, reuniendo a cerca de 50.000 personas. Acto seguido la AOAN programó una nueva manifestación en Santiago para el 7 de febrero. En respuesta, el gobierno pidió al Congreso la declaración de estado de sitio, uniendo a sus razones una virtual sublevación que se produjo en Puerto Natales en enero (y que fue violentamente sofocada) y un inventado complot popular que se desarrollaría en el Norte Grande. Y sin esperar la aprobación parlamentaria, el gobierno comenzó la represión el 29 de enero, deteniendo arbitrariamente en Antofagasta y relegando al sur de Chile a Luis Emilio Recabarren, Oscar Chanks y varios otros dirigentes sindicales (ver Domingo Amunátegui Solar. La democracia en Chile; Edic. Universidad de Chile, 1946; p. 359; y Manuel Rivas Vicuña. Historia política y parlamentaria de Chile, Tomo II; Edic. de la Biblioteca Nacional, 1964; p. 136). Además, se clausuraron instituciones como La Casa del Pueblo y el Club Demócrata; y fue destruida la imprenta del diario La Nación de Antofagasta (ver De Diego, Peña y Peralta; p. 151).
En este contexto, y con la única excepción del Partido Demócrata, el Congreso aprobó una ley el 6 de febrero, facultando al gobierno a declarar el estado de sitio por 60 días. Notablemente, esta fue la primera vez que se usó dicho instrumento represivo durante el régimen parlamentario, y a solicitud de un ministro del Interior del ala progresista del Partido Radical, como Armando Quezada. Con el estado de sitio se desarrolló una feroz represión en el Norte Grande, donde la situación de los obreros era más desesperada, producto de una grave crisis salitrera. Así, el ex director de La Nación de Antofagasta, Luis Mery, y el presidente de los demócratas de Antofagasta, José Córdoba, informaban en La Opinión (de Santiago) del 8 de mayo de 1919 que “numerosos obreros fueron detenidos, y los que protestaron fueron inhumanamente flagelados. Las tropas militares sembraron el terror en la pampa y pueblos del interior de Antofagasta. Especialmente eran perseguidos los socialistas y los demócratas (…) Bastaba que un administrador de oficina salitrera denunciara a un obrero como socialista, como demócrata o como agitador (…) para que las tropas militares (…) se lanzaran sobre él y le atropellaran y flagelaran sin miramiento alguno” (Ibid.; p. 180).
A su vez, la AOAN empezó lentamente a perder fuerza. Así, el 8 de febrero “mutualistas de orientación católica se retiraron de la AOAN (…) alegando que la Asamblea se había puesto demasiado ideológica para su gusto” (DeShazo; p. 162). Sin embargo, se fue rearticulando en los meses siguientes, lo que culminó el 29 de agosto con grandes manifestaciones en Santiago y muchas otras ciudades. Y la de Santiago fue considerada por El Mercurio como la mayor manifestación nunca vista en la capital y que “marcaba el comienzo de una nueva era en Chile, en la que el pueblo empieza a participar más directamente en los asuntos nacionales de gobierno, anunciando por sí mismo cuáles son sus propias aspiraciones e ideales” (Ibid.).
Sin embargo, dicho éxito no se tradujo en ningún logro concreto y, más aún, fue seguida, menos de una semana después por una convocatoria de la Foch a una huelga general en Santiago, que fracasó. Al mismo tiempo, muchos anarquistas se desilusionaron con las tácticas y formas de organización de la entidad a las que calificaron de “regimentación prusiana” (Ibid.; p. 163). Y “para diciembre de 1919, sólo un puñado de gente iba a los mítines bisemanales de Santiago y la prensa diaria se negó a publicar más sus declaraciones. Irónicamente, el consejo de la Asamblea acordó no seguir solicitando reformas al presidente o al Congreso. La AOAN fue finalmente disuelta a comienzos de febrero de 1920” (Ibid.)

FELIPE PORTALES (*)

(*) Este artículo es parte de una serie que pretende resaltar aspectos o episodios relevantes de nuestra historia que permanecen olvidados. Ellos constituyen elaboraciones extraídas del libro de su autor, Los mitos de la democracia chilena, publicado por Editorial Catalonia.

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 887, 27 de octubre 2017).

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