Punto Final, Nº 892 – Desde el 12 al 25 de enero de 2018.
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La hospitalidad



La hospitalidad es la mano tendida, el pan compartido, la puerta que se abre cuando buscas refugio.
Entre los pueblos más hospitalarios de la antigüedad y también de la actualidad, se encuentran los árabes y los pueblos nómades del desierto. Porque la hospitalidad en el desierto es una obligación de vida. El que se pierde en un desierto morirá si no es rescatado por los lugareños o los beduinos. Y desde luego, el peregrino debe aceptar todo lo que le ofrecen, aunque no le guste.
En la hospitalidad también está implícita la raza. En Chile hay racismo, aunque todos somos mestizos. Si una persona blanquita y de ojos azules se hace una prueba de ADN, le van a salir un montón de razas diferentes. Vaya a saber con quiénes se mezclaron nuestros ancestros de hace varias generaciones. Y los mapuches tampoco son puros, les pasaría lo mismo si se hicieran esa prueba: todos son mestizos. En la actualidad ya no hay razas puras y eso es conveniente. La endogamia nunca ha dado buen resultado. Vean la situación de las casas reinantes de Europa, que sólo se casaban entre ellos y fueron degenerando. Ahora han abandonado esa mala costumbre, prefieren casarse con una actriz bonita que con una prima fea.
En Chile la gente más pobre es la más hospitalaria. El que no tiene casi nada que dar, está dispuesto a compartirlo todo. Esta es una norma de sobrevivencia: el repartir lo poco que se tiene, ayuda a vivir en comunidad. La pobreza trae consigo la fraternidad, porque se organiza la vida en común, en forma colectiva, de modo que así se sobrevive mejor. Y no sólo se comparten los bienes materiales. El que sabe algo lo enseña y cambia sus conocimientos por otros conocimientos o por productos de consumo.
En Chile ahora la gente es menos acogedora, porque se ha impuesto el egoísmo, el amor al dinero y ha disminuido la solidaridad. En tiempos de la dictadura hubo experiencias muy diferentes. ¿Quién no las tuvo? Quizás un hermano o un amigo te cerró la puerta, pero un desconocido te recibió en su casa y te protegió a pesar del peligro que corría.
Ahora el rechazo a esos “extraños extranjeros”, como dice Jacques Prévert, se ha ido acentuando en muchos países, a causa de las migraciones. Porque esos “otros” que llegan son muchos, y alguna gente piensa que le van a arrebatar su trabajo, su cultura, sus mujeres quizás. Pero eso no es cierto, pues los inmigrantes aceptan tareas que los nacionales no quieren: limpiar el piso, barrer el Metro, etc. También hay problemas culturales: en Europa no termina la polémica sobre si las niñas musulmanas pueden o no ir al colegio con velo.
Para los países cuya población está disminuyendo, como Japón, Bulgaria y otros, la única manera de salvarse es la inmigración. Quizás también por eso los que tuvimos que salir de Chile exiliados, fuimos recibidos en todas partes con los brazos abiertos.
Ahora a Chile están llegando muchos inmigrantes latinoamericanos: peruanos, colombianos, haitianos y otros. El pueblo chileno demostró su gran hospitalidad en el pasado, cuando acogió con alegría a los alemanes, españoles republicanos, los argentinos que huían de la dictadura, a los judíos que escapaban del nazismo, y a tantos y tantos exiliados que llegaron a nuestro país y lo enriquecieron.
Los haitianos que vienen a Chile son en general personas con una buena formación profesional, con una cultura de origen francés que es interesante. Vienen huyendo de la miseria, pues Haití es uno de los países más pobres del mundo; sin embargo, aquí sólo consiguen trabajos no calificados, a pesar de lo cual son alegres y joviales.
Y les quiero decir una cosa que a lo mejor ustedes no saben. Haití, entonces llamada La Española, tenía alrededor de tres millones de habitantes indígenas cuando llegaron los colonizadores. Al poco tiempo casi no quedó ninguno, diezmados por la represión y las enfermedades europeas. A partir del siglo XVII los franceses comenzaron a colonizar la isla, que había sido descuidada por los peninsulares, y llevaron esclavos africanos.
La revolución francesa, con su proclamación de la libertad y de la igualdad entre los hombres, tuvo un fuerte impacto sobre la sociedad racista y esclavista de Haití, al igual que la independencia de las colonias norteamericanas en 1776. Surgieron líderes negros, el principal de los cuales fue Toussaint L’Ouverture, que exigieron el término de la esclavitud. Se enfrentaron militarmente a las principales potencias de su tiempo: España, Gran Bretaña y Francia.
Es el primer caso en la historia de la humanidad en que los esclavos abolieron el sistema esclavista de forma autónoma y perdurable, lo que sentó un precedente en el mundo entero.
Haití proclamó su independencia el 1º de enero de 1804, siendo el primer país de América Latina en acceder a ella tras un proceso revolucionario de carácter abolicionista iniciado en 1791.
Entonces, rindamos honor y gloria a Toussaint L’Ouverture, y prodiguemos respeto y hospitalidad a los haitianos que llegan a nuestro país.

Margarita Labarca Goddard


(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 892, 12 de enero 2018).

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