1° de abril de 1999
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Pinochet y los escritores |
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Columnista invitado - Ramón Díaz Eterovic |
La publicitada disputa entre Luis Sepúlveda, Jorge Edwards y Enrique Lafourcade llevó al ámbito de los escritores el tema de la detención de Pinochet en Londres y de paso, puso de manifiesto las dos tendencias predominantes que existen en la sociedad chilena para evaluar lo sucedido durante el gobierno militar y el eventual juzgamiento del dictador vitalicio.
Por una parte, Jorge Edwards, en su artículo "Las estatuas de sal" es condescendiente con la visión de los que quieren que en Chile se consolide el proceso de amnesia impulsado en nuestro país respecto a los atropellos cometidos por la dictadura, sus robos y negociados, y muy especialmente, los hechos de tortura, persecusión y desaparición que afectaron a muchos chilenos. Se trata en definitiva de "dar vuelta la página" e impedir que los culpables, encabezados por Pinochet, tengan un proceso judicial que castigue las responsabilidades, incuestionables, que ellos tienen en esos hechos. Es el reflejo de la voz del gobierno, los empresarios y los militares. Los que, con el argumento de "no abrir heridas", justifican lo injustificable, por conveniencia e incapacidad para asumir sus complicidad, y para no reconocer que vivimos una democracia controlada por poderes fácticos y amenazas de nuevos cuartelazos o golpes militares. Es la voz de los que dicen que es posible juzgar a Pinochet en Chile, cuando saben que no es verdad, porque al menor intento en tal sentido brotarán las presiones militares, como ocurrió en el conocido caso de los cheques del hijo de Pinochet.
Por otra parte, Luis Sepúlveda manifiesta una posición que creo es compartida por la mayoría de los escritores chilenos, y que no es otra que alegrarse por la detención de Pinochet en Londres y desear que a partir de esa situación se genere el justo y necesario enjuiciamiento de Pinochet y los suyos. En ello está en juego el futuro democrático del país, ya que, como dice Carlos Castresana, especialista español en materia de derechos humanos, en un artículo publicado recientemente en el diario "El País": "La impunidad de los responsables de delitos como los que desde 1945 se califican de crímenes contra la humanidad tiene otra consecuencia, además de la clamorosa injusticia que supone para las víctimas: impide el desarrollo del estado de derecho, convierte los sistemas políticos en democracias de papel, destruye la confianza de los ciudadanos en las instituciones. (...) De la misma forma, es inútil pretender que los países en los que se ha asentado la impunidad respecto de tales crímenes puedan profundizar su democracia. Hay individuos cuya libertad es inversamente proporcional a la de la sociedad. Cuanto más libre es Pinochet, menos lo es Chile".
Se trata entonces de restablecer la verdad que tanto necesita nuestro país para despojarse de las máscaras, de la hipocresía y del miedo que, primero la dictadura, y luego la "transición democrática" han impuesto a nuestro país para entender su pasado y relacionarnos en un presente matizado por acuerdos efectuados a espaldas de la gente. Es la posición de los que seguimos siendo de Izquierda, que reconocemos nuestras derrotas y debilidades, pero que seguimos identificados con el gobierno de Salvador Allende, y creemos en la libertad, la justicia social, en la posibilidad de construir un mundo mejor, sin las desigualdades del presente ni los errores del pasado. Por todo ello, comparto las opiniones de Luis Sepúlveda, escritor que destaca por decir las cosas que piensa, sin esa ambigüedad que caracteriza al medio literario chileno, donde todo se expresa a medias tintas, calculadamente, para no decir las cosas por su nombre y evitar los portazos que el poder suele dar en las narices de quienes expresan una opinión contraria a sus intereses.
Por otra parte, el artículo de Jorge Edwards contiene apreciaciones que desde luego no puedo compartir y que dicen relación con la imagen que da del presidente Salvador Allende y una adicción al alcohol que supuestamente pudo afectar su juicio en los últimos días de su gobierno; imagen para la cual se apoya en "Allende", novela o diatriba oportunista que publicara Enrique Lafourcade, después del golpe militar, cuando quienes podían responder a sus mañosas interpretaciones estaban muertos, exiliados, presos o no tenían dónde responder. "En los meses finales -escribe Edwards&endash; según testimonios variados recogidos en la novela de Lafourcade, Allende bebía whisky en exceso y tomaba dosis exageradas de somníferos. No tengo nada contra el whisky, como se sabe, pero ahora es legítimo analizar su efecto, por secundario que sea, en el desarrollo de una crisis histórica". Sin duda, no es la imagen de líder consecuente y preocupado por los derechos de su pueblo con la que quedará en la historia, ni la apreciación sobre Allende, su gobierno y las causas que lo llevaron a su fin, que tienen la mayoría de los chilenos. Emplear argumentos de esa clase, empobrece a Jorge Edwards, quien en sus crónicas habituales suele desarrollar argumentaciones que -al margen de que comparta o no- evidencian un ejercicio intelectual respetable. En esta oportunidad se dejó llevar por la chismografía que acostumbra a emplear Lafourcade, sobre todo cuando éste escribe de sus pares; lo que una vez más quedó en evidencia en el artículo sobre Luis Sepúlveda que publicó en "El Mercurio". Un artículo pobre, basado en recortes de entrevistas, chismes, comentarios de poco vuelo y apreciaciones sobre la obra literaria de Sepúlveda que, además de no compartir, me parecen el reflejo de esa envidia malsana que circula por el medio literario chileno.
Luego del intercambio de artículos entre Luis Sepúlveda y Jorge Edwards, el debate sobre la relación entre Pinochet y los escritores se trasladó a las páginas de la revista "¿Qué Pasa?", donde un grupo de escritores tratan de explicar o justificar sus coqueteos con la dictadura. Todo ello, a pesar de que, como confiesa Mariana Callejas en la misma revista: "Ni siquiera les preguntábamos de qué tendencia eran, porque estaba claro que todos apoyaban al gobierno militar; unos más, otros menos, pero estaban satisfechos del fin de la Unidad Popular". La mayoría de los aludidos dan la impresión de querer dar vuelta la página, evidenciando una mala conciencia que les impide reconocer sus acercamientos a la dictadura, en una época que se caracterizó por el atropello a la libertad de expresión, censuras y limitaciones al trabajo de los escritores. Una época en la cual para editar un libro había que someterlo a censura previa, ejercida desde el edificio Diego Portales; en la que se quemaron obras literarias y los diarios negaban la difusión a los libros de escritores opositores a la dictadura. En el artículo, la mayoría de los aludidos entrega excusas o describe sus vueltas de carnero, cuando para quienes estábamos en Chile, era evidente cuáles eran sus afectos y relaciones con la dictadura, tanto de ellos, como de otros escritores que, complacientes y exultantes, asumieron la defensa de la situación que se vivía; hecho que para algunos, como Enrique Campos Menéndez y Braulio Arenas, les sirvió para poner sus nombres en la cuestionable lista de Premios Nacionales de Literatura concedidos durante la dictadura. Premio del cual -nunca estará de más recordarlo- se excluyó de su jurado a los representantes de la Sociedad de Escritores de Chile, entidad que fue la principal impulsora del premio en la década de los cuarenta.
Sobre la situación vivida por los escritores chilenos durante la dictadura de Pinochet, se han escrito muchos testimonios y también son muchos los hechos que podrían recrearse para analizar el rol, las condiciones y las obras de los escritores en esa época. Nadie que vivió en el medio cultural de entonces puede desconocer lo que ocurría en el ámbito de los escritores; y desde luego, tampoco en el conjunto del país. Si aspiramos a una mayor claridad sobre dicha situación, no es por afán revanchista ni para apuntar con el dedo a nadie. Cada cual tiene su conciencia donde podrá mirarse a solas sin máscaras. Cada cual era y es libre de adherirse a la causa que estime conveniente y apoyarla mientras ello no signifique humillar o asesinar a los adversarios. Pero también, los que vivimos bajo la bota y fuimos acallados y reprimidos, tenemos derecho a que la historia se escriba con verdad, con transparencia; que se asuman los hechos que hoy se quieren borrar o blanquear; que no se saque el bulto a la verdad, a la responsabilidad con lo obrado y para permitir que ocurriera cada uno de los hechos deleznables de los que somos herederos. El escritor, como decía Jean Paul Sartre: "Tiene una situación en su época; cada palabra suya repercute. Y cada silencio también". Tal vez de ese modo, cada cual en su ámbito, podremos analizar nuestro pasado reciente, nuestro presente de hipocresía y banalidad que nos hacen vivir quienes postulan que la historia del hombre agotó sus oportunidades
RAMON DIAZ ETEROVIC (*)
(*) Escritor, autor de las novelas "Angeles y Solitario", "Nadie sabe más que los muertos" y "Correr tras el viento", entre otras.
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